Portada-Retrato póstumo de Lewis Carroll basado en fotografías y realizado por Sir H. von Herkomer, probablemente en el año 1898. Esta pintura se encuentra en el Christ Church College de Oxford. (Public Domain)

Lewis Carroll en el país de las matemáticas

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Cuentan que a la reina Victoria le gustó tanto  Alicia en el país de las maravillas  (1865) que ordenó que le enviaran el siguiente libro que escribiera su autor. No podía imaginar que dos años después recibiría en sus aposentos una copia del  Tratado elemental de los determinantes  que, por supuesto, no le divirtió en absoluto. Esta anécdota, tan popular como improbable, sirve para recordar que tras el pseudónimo de Lewis Carroll se ocultaba, tímidamente, Charles Dodgson, un brillante matemático y divulgador.

Nacido en 1832, desde muy niño Charles mostró una gran precocidad para las matemáticas. Bien pequeño se acercó a su padre con un libro de logaritmos en la mano para que se lo explicara. Con doce años ya era capaz de resolver problemas complejos de geometría, y con catorce era calificado como “brillante” por sus profesores. Con 18 ingresaba en la Universidad de Oxford , a la que acudiría -primero como estudiante, más tarde como profesor-  hasta su muerte en 1898.

En su libro  Lewis Carroll en el país de los números , el profesor Robin Wilson defiende el legado matemático de Charles Dodgson quien, en su opinión, habría sido recordado por sus aportaciones aunque nunca hubiera escrito un cuento para Alice Liddell , la hija del decano del College Christ Church de Oxford a la que tanto quería. Son destacables sus trabajos sobre geometría, álgebra y lógica, pero sobre todo, su figura como divulgador a través de juegos, problemas y paradojas para niños y adultos.

Alice Liddell, disfrazada de mendiga. Fotografía de Charles Dodgson, nombre real de Lewis Carroll (1858). (Public Domain)

Alice Liddell, disfrazada de mendiga. Fotografía de Charles Dodgson, nombre real de Lewis Carroll (1858). ( Public Domain )

¿Recordaríamos a Dodgson si no hubiera existido Carroll?

Pero ¿tiene razón Wilson? ¿Recordaríamos a Dodgson si no hubiera existido Carroll? La matemática de la Universidad del País Vasco (UPV) Marta Macho , considera que sí, y compara su figura con la del filósofo y divulgador Martin Gardner , muy recordado por sus acertijos matemáticos y autor de  Alicia anotada , la edición más completa del clásico de Carroll.

Cédric Villani , ganador en el año 2010 de la medalla Fields -máximo galardón para los matemáticos menores de 40 años- cree que “ probablemente el libro de Carroll ‘El juego de la lógica’ sería conocido entre los aficionados, porque está bien escrito y es muy divertido ”, según asegura a Sinc por correo electrónico. “ Fue pionero a la hora de combinar matemáticas, lógica y juegos de palabras ”, opina el físico Juan Manuel Rodríguez Parrondo , que durante doce años escribió la página de matemáticas recreativas de la edición española de  Scientific American . Muchos de los divertimentos de Carroll aún perduran.

Uno de los más llamativos, en opinión de la colaboradora del programa de televisión Órbita Laika y profesora de Matemática Aplicada de la Universidad de Sevilla , Clara Grima , es el método para averiguar el día de la semana en el que cae cualquier fecha. “ John Conway , uno de los matemáticos más brillantes del siglo XX, propuso un algoritmo similar… cuando Carroll había hecho lo mismo cien años antes ”.

Este diagrama aparece en la portada del libro ‘El juego de la Lógica’ de Lewis Carroll (1887) (Public Domain)

Este diagrama aparece en la portada del libro ‘El juego de la Lógica’ de Lewis Carroll (1887) ( Public Domain )

El poeta Leopoldo María Panero reunió una selección de los mejores juegos carrollianos en el recopilatorio  Matemática demente . De todos ellos, la paradoja del reloj es uno de los más conocidos:

“¿Cuál de estos dos relojes funciona mejor, el que da la hora exacta una vez al año, o el que nos indica la hora correcta dos veces al día? ‘El segundo’, dirían ustedes, ‘sin ninguna duda’. Pues bien, queridos lectores, presten atención”, escribe Carroll con su característica prosa.

Tras esto, el matemático explica que un reloj parado acierta cada doce horas, mientras que uno que retrase un minuto al día tarda dos años en volver a acertar. “De modo que no tiene ningún sentido su elección”. Un ejemplo absurdo que parece demostrar que un reloj averiado es mejor.

“¿Cuál de estos dos relojes funciona mejor, el que da la hora exacta una vez al año, o el que nos indica la hora correcta dos veces al día?, planteaba a sus lectores Lewis Carroll en su paradoja del reloj. En la imagen, mecanismo interior de un reloj mecánico. (Public Domain)

“¿Cuál de estos dos relojes funciona mejor, el que da la hora exacta una vez al año, o el que nos indica la hora correcta dos veces al día?, planteaba a sus lectores Lewis Carroll en su paradoja del reloj. En la imagen, mecanismo interior de un reloj mecánico. ( Public Domain )

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